Todo nació de una idea increíblemente simple: armar una lista temática de las páginas web para facilitar su ubicación. La Lista de David y Jerry se popularizó tanto entre los estudiantes de Stanford que sus creado res cayeron en la cuenta de que habían inventado un nuevo negocio: el de los buscadores de Internet, que hoy mueve miles de millones de dólares. Los jóvenes amigos, David Filo y Jerry Yang, bautizaron como Yahoo a su empresa, que, en cuatro años, tuvo un crecimiento meteórico en todo el mundo. El valor de la compañía ascendió un promedio de 550% anual. Hoy, sus dos fundadores tienen fortunas personales calculadas en los 4.000 millones de dólares y, contra todos los malos augurios, siguen avanzando. El desafío es ahora transformar el concepto de buscador en otro más parecido a un nuevo medio de comunicación.
Hace cinco años, cuando la autopista informática era un misterio para la mayoría de la gente, David Filo (33) y Jerry Yang (30) pertenecían al selecto grupo de entendidos que sabían moverse dentro de ella. Hoy, Internet es accesible para cientos de millones de personas en todo el mundo y ellos pasaron a formar parte de otro selecto grupo: el de los multimillonarios de la informática.
Con la creación de Yahoo, consiguieron guiar en la consulta de esa fascinante pero caótica hiperbiblioteca a los neófitos y, de paso, acumularon cuentas bancarias por más de 4.000 millones de dólares para cada uno. Como tantas historias exitosas de la era digital, Yahoo nació a partir de una idea increíblemente simple: armar una lista temática de páginas web para facilitar su ubicación. Sin habérselo propuesto, mientras despuntaban el vicio de Internet recluidos en sus cuartos de estudiantes de la Universidad de Stanford, David y Jerry estaban inventando un negocio nuevo, el de los buscadores, que hoy mueve miles de millones de dólares y es objeto de una competencia encarnizada.
En tiempo récord, levantaron una empresa que, con 800 empleados y un puñado de equipos informáticos, instalados en un discreto edificio de oficinas ubicado en el corazón de Silicon Valley, ha alcanzado un valor de mercado muy superior al de gigantescas multinacionales como Boeing, Coca Cola, Walt Disney, Compaq o Texaco, que trabajan con plantillas de varios miles de personas. Yahoo, que en diciembre pasado fue incorporada al influyente Standard & Poors 500, Index of Stocks, constituye una rara excepción a la regla, según la cual las cibercompañías, que no venden hardware o software y sólo ofrecen servicios en Internet, no pueden dar ganancias. Desde el tercer trimestre del 97, cuando aún no había cumplido tres años de vida, su cash flow es positivo, arrojando beneficios que superan el 12% de los ingresos para el cierre del último período fiscal.
Mientras las caras aniñadas y sonrientes de sus fundadores se hicieron frecuentes en las tapas de revistas, los gurúes del mundo económico-financiero comenzaron a analizar a Yahoo como modelo vivo de la transformación, intangible pero profunda, que se está generando en las costumbres de consumo y como paradigma de lo que serán las compañías mediáticas del siglo XXI. La Guía de Jerry y David David Filo y Jerry Yang se conocieron a fines del 92 en las aulas de la Universidad de Stanford como profesor uno y alumno el otro y, en poco tiempo, se hicieron compañeros inseparables, aunque arrastraban historias muy diferentes. David venía de una infancia tranquila en la pequeña ciudad de Moss Bluff, Louisiana, donde había nacido en 1965. De chico era aficionado a los deportes, pero, en su adolescencia, fue atraído por el mundo informático que empezaba a inundar los hogares estadounidenses a través de las computadoras personales. Esta afición lo llevaría a la Universidad de Tulane, en Nueva Orleans, para lograr su título de Ingeniero Especializado en Electrónica. A los 25 años, se trasladó a California para ejercer la docencia como profesor asistente en la Escuela de Ingeniería de Stanford y realizar estudios de postgrado. En cambio, la vida de su futuro socio había sido bastante más difícil. Nacido en Taipei en el 67, Jerry perdió a su padre a los dos años y, a los diez, emigró a San José, California, con su abuela y su madre, una profesora que debió trabajar duro para darles una buena educación a él y a su hermano menor. Chih-Yuan Yang, que cambiaría su nombre por el de Jerry Yang, no sabía una palabra de inglés cuando llegó a América, pero, dos años más tarde, había superado la barrera idiomática y estaba totalmente adaptado a la vida del suburbio de Berryesa. De allí, pasó a Palo Alto para estudiar ingeniería en la Universidad de Stanford y, diploma en mano, se decidió a iniciar un master, sin imaginarse que, en pocos meses, su vida daría un vuelco fundamental. A mediados del 93, mientras Internet iniciaba su crecimiento exponencial, David y Jerry buceaban afanosamente en busca de sitios web interesantes. Para poder volver a ellos, los registraban en sus computadoras personales bautizadas como Akebono y Konishiki, los nombres de dos míticos luchadores de Sumo hawaiano, uno de los hobbies de Jerry. La Guía de Jerry y David para la WWW -el nombre que, en ese entonces, identificaba a la lista de direcciones de Internet que estaban armando- creció mucho más de lo que sus autores esperaban y alcanzó gran popularidad entre estudiantes y profesores. Incluso cuando sus PCs colapsaron, las autoridades universitarias les ofrecieron entonces difundirla desde su server, además de concederles un año sabático para que continuaran con su investigación. Así surgió, en abril del 94, el primero de los buscadores de Internet. El nombre de Yahoo, que fue sugerido por el padre de David, es la sigla de Yet Another Hierathical Officius Oracle (literalmente, Otro oráculo oficioso jerárquico más, pero quiere decir también rufián o patán y éste es el significado que ellos prefieren darle, porque se consideran a sí mismos rufianes de la informática, ya que se hicieron ricos gracias a los contenidos que otros volcaban en la red.
Para esa época, ninguno de los dos tenía intención de montarse a la fiebre del oro de Internet. Ni ellos ni sus familias, preocupadas porque su manía navegadora los alejaba de los libros, creían que esto podía ser un negocio. Ahora, recordando aquellas épocas, dicen que su historia tiene un punto de contacto con la de su admirado John Lennon, que, a los 16 años, escuchó de su Tía Mimi que la guitarra es un hermoso hobby, pero jamás podrás ganarte la vida con ella.
Las cosas cambiaron cuando, saturados los equipos de Stanford por el increíble tráfico que se había generado desde todos los puntos del planeta, David y Jerry fueron invitados a mudarse a los servidores de Netscape, empresa nueva, pero exitosa que, desde hacía tiempo, le había echado el ojo a Yahoo. La invitación sirvió para abrir los ojos de estos rufianes que guardaron su doctorado en el freezer para dedicarse a hacer dinero con su hobby. En abril del 95, dejaron atrás la Universidad y marcharon hacia Mountain View, llevando a cuestas sus computadoras, sus catálogos y sus ascéticas costumbres estudiantiles. Obligados a mudarse varias veces por falta de espacio, terminaron recalando en su actual edificio del parque informático de Santa Clara.
David y Jerry decidieron que no haya oficinas cerradas para nadie, sino simples tabiques divisorios. Acostumbran a trabajar casi siempre descalzos y sentados en el suelo, en medio de un desorden indomable, rodeados por un enjambre de cables y un desparramo de papeles que se mezclan con videojuegos, envases de leche abollados, zapatos y ropa sucia. Sus despachos son pequeños cubículos que, a veces, ofician de comedor o dormitorio, y a los que hay que entrar abriéndose paso entre libros y revistas apilados en el suelo. Semejante panorama, que provocaría ceños fruncidos en ejecutivos más tradicionales, no llama demasiado la atención entre los imberbes billonarios de Silicon Valley, para quienes el caos es un método de trabajo; la informalidad, una regla, y el jean, un uniforme. En ese ambiente anárquico, los empresarios debutantes idearon los servicios que convertirían a Yahoo en una de las marcas emblemáticas de Internet. Para lograrlo, sería providencial la llegada del inversionista Michael Moritz. Además de aportar el primer millón de dólares y conectarlos con Sequoia Capitals, compañía que había financiado el crecimiento de varios gigantes tecnológicos, los impulsó a conservar el nombre de Yahoo, que ellos consideraban poco serio para una compañía. Moritz tenía un presentimiento: ese nombre irreverente, sonoro y fácil de recordar, ideal para Internet, garantizaría fortuna. Poco tiempo después, llegarían nuevos inversionistas, entre ellos, la firma japonesa Softbank y Ziff-Davis Publishing, que aportarían los fondos necesarios para el despegue internacional, iniciado en febrero del 96 con Yahoo Japón. La fama del buscador, que ofrecía un servicio fundamental y hasta entonces inexistente, se extendió a la velocidad del sonido. Antes de ingresar en Wall Street, la nueva compañía ya era muy codiciada y varios aspirantes a compradores, entre ellos America Online, empezaron a merodear con ofertas que parecían irresistibles. Jerry y David debían decidir entre aceptar cifras millonarias que les permitirían vivir el resto de sus vidas sin trabajar o continuar con un negocio recién nacido y con un futuro incierto. Sin dudarlo, optaron por esto último. Cuando se les pregunta el porqué, siempre responden que les interesaba el dinero, pero mucho más les interesaba Internet, que ya los había atrapado definitivamente. En abril del 96, necesitada de capitales para financiar su crecimiento, Yahoo debutó en la bolsa neoyorquina, logrando un aumento en su cotización del 154%, el tercero más grande de la historia para la primera jornada de operación. Ese día, la empresa de nombre irreverente, que tenía menos de cincuenta empleados, alcanzaba un valor de mercado de 848 millones de dólares y la fortuna de cada uno de sus co-fundadores, que un año antes dormían en el campus de Stanford, era de cien millones. De ahí en más, todo sería vertiginoso. El valor de capitalización es hoy setenta veces mayor que en aquella jornada y, en sus cuatro años de vida, los ingresos de la compañía se incrementaron a un promedio del 550% anual.
Los jefes de Yahoo
David, a quien sus colegas describen como tímido y retraído, a la vez que inteligente y astuto, es el cerebro detrás de la escena. Jerry, más comunicativo y extrovertido, ha asumido el papel de cara visible del dúo. Debe viajar con frecuencia, concurrir a congresos y recepciones, y encargarse de la mayoría de las entrevistas. Parte de mi trabajo es establecer relaciones estratégicas que hacen crecer a la compañía, explica, al tiempo que manifiesta su descontento porque está teniendo demasiadas reuniones y hablando excesivamente. Le gusta mucho más chatear desde su PC que hacer relaciones públicas.
Ambos socios, que se reparten en partes iguales el 35% del paquete accionario, les rehúyen a los cargos de presidente o CEO, habituales en los líderes de una empresa, que fueron delegados en Tim Koogle (47), el hombre más viejo de Yahoo, señalado por Business Week como uno los Top 25 Executives of the Year en 1998. Para los registros de la SEC (Security and Exchange Commission) eligieron el extraño título de Chief Yahoo. Los negocios fueron puestos en manos de un equipo de profesionales expertos del que forma parte Tim Brady (30), un amigo de Jerry quien, para egresar de Harvard, presentó como proyecto un programa para el desarrollo comercial del buscador.
De esta forma, consiguen escapar, aunque sea algunas veces, a las formalidades de las reuniones con los accionistas o a las ruedas de prensa, para internarse en la red de redes, que es lo que verdaderamente los entusiasma. Además de la pasión cibernética, Jerry y David comparten su gusto por la música beat de los 60 y los 70 y su afición al golf, que practican en el Olympic Club, donde son admirados por sus éxitos empresarios, pero no por la calidad de su juego ni por su vestuario. Yang, por ejemplo, se presentó a jugar un torneo acompañado de su perro y vestido como el hijo de su vecino, ese cuyo nombre usted no recuerda, con una remera y una gorra que sólo una madre podría elogiar, comenta una revista deportiva californiana. También comparten un vocabulario bastante poco ortodoxo, acaloradas discusiones de trabajo y una profunda amistad que les permite convivir sin conflictos graves durante muchas horas al día. Tenemos una relación de esas especiales, somos muy diferentes, pero nos llevamos francamente bien, no estamos de acuerdo en muchas cosas, aunque sí en las más importantes, comenta Jerry. El rubio David, que asegura no tener apuro por casarse, ha hecho de Yahoo el centro de su vida. Maneja un viejo Datsun 310 modelo 81, bastante sucio y corroído y dice que no lo cambia por falta de tiempo. Vive en un pequeño departamento cerca de Mountain View, pero, a veces, pasa varios días sin regresar a él porque duerme en su auto, estacionado en el edificio de la empresa, o tirado sobre la alfombra debajo de su escritorio. Así logró retratarlo la revista San José Mercury News, en una oportunidad en que los reporteros se presentaron a una entrevista más temprano que lo acordado. David insiste en que no se trata de un problema de adicción al trabajo: Me gusta lo que hago y me gusta estar con mis amigos y muchos amigos están en Yahoo aclara, agregando que, a veces, querría tener más tiempo para jugar al tenis o al golf o, simplemente, mirar televisión, pero eso llegará cuando la industria madure y no nos exija tanta dedicación. El socio taiwanés, que también pasa demasiadas horas en su trabajo, prefiere dormir en su cama. Vive en su casa de Los Altos junto a su mujer, una japonesa llegada de Sudamérica para estudiar en Stanford, con la que se casó en 1997. Tal vez porque desde chico debió enfrentar problemas, se ve más emprendedor y decidido que su amigo. Su verborragia, en la que se mezclan el humor y el sarcasmo, lo ha erigido en un personaje popular, no sólo en EE.UU., sino también en su país natal. Cuando los reporteros apelan a las consabidas preguntas sobre los cambios que acarrean la fama y la fortuna en sus vidas, los dos amigos coinciden en la respuesta: muy pocos. David aclara que sólo se han multiplicado sus obligaciones, pero que su vida personal sigue siendo la misma que llevaba en el campus universitario, a donde vuelve con frecuencia para reencontrar a viejos compañeros. Jerry, por su parte, cree que, si hay algún cambio, es en función del papel que le ha tocado jugar dentro de la empresa que lo expone públicamente, pero que, en lo fundamental, su vida sigue siendo la misma. Trata de hacerse tiempo para estar con su mujer y su familia, llegar a su casa y lavar los platos, pasear al perro o hacer la cena. Se confiesa un sentimental, y en una de tantas conferencias en que le ha tocado disertar, hizo lagrimear a más de uno cuando agradeció públicamente a su madre y a su hermano por haber sido su sostén en los momentos difíciles. Ninguno de ellos participa activamente en política, pero están lejos de permanecer indiferentes. Entienden que los integrantes de la generación informática deben tener conciencia cívica y política. David opina que en esta industria nueva que madura aceleradamente no están claros los roles que debe cumplir el gobierno y esto hace que los ejecutivos de Silicon Valley deban involucrarse políticamente. Tienen una especial concepción de Internet, puesto que creen que, además de funciones comerciales, académicas o de entretenimiento, puede ser vehículo de reivindicaciones y debe ser un espacio donde desaparezcan las diferencias nacionales, raciales y religiosas. Ambos se sienten en deuda con Stanford. Para ellos, Yahoo es un imperio accidentalmente nacido, no por sus méritos, sino por la suerte de haber estado en el lugar adecuado y en el momento justo. Están convencidos de que su catálogo de sitios web no sería hoy un gran negocio, si no fuera porque nació en la Universidad de Stanford, donde recibieron un gran apoyo. Hace dos años, materializaron su agradecimiento donando un millón de dólares cada uno para que se destinen a la formación de profesionales informáticos. Voceros de la Universidad destacaron la importancia del gesto de estos miembros de una generación de jóvenes millonarios que no suele caracterizarse por su espíritu filantrópico.
David regaló otro millón de dólares a la Universidad de Tulane, donde nació su obsesión por descubrir las infinitas posibilidades de la red. Entretanto, Jerry está organizando una fundación para auxiliar a personas sin hogar, especialmente, a miembros de las minorías raciales que viven en California.
La insatisfacción permanente
El acceso a los servicios de Yahoo es gratuito y su principal fuente de ingresos está en la publicidad. Más de 2500 marcas prestigiosas como Visa, Dell Computer, Hewlett Packard, Amazon Books, Fila, Hard Rock Café, Kellogs, Sega o Viagra están presentes en el buscador, atraídas por su alcance global, sus decenas de millones de visitantes y sus novedosas fórmulas publicitarias. La clave del negocio está en atraer a navegantes y anunciantes creando servicios diferentes y mejores a los que ofrecen los demás, comenta Filo, mientras Yang considera que el secreto del éxito está en el deseo de volverse obsoleto a uno mismo. Ambos tienen fuertemente incorporada la cultura de Internet que, con su capacidad de transformación infinita, hace de la insatisfacción permanente uno de sus elementos esenciales. Ellos saben que Internet no permite tomarse respiros y exige correr riesgos a diario. Saben también que los productos virtuales no pueden ser chequeados con pormenorizados estudios de mercado a la manera de los productos reales. Cuando tienen una idea viable la lanzan inmediatamente, antes de que lo hagan los competidores. Como Yahoo no crea contenidos, sino que los organiza y distribuye, la materialización de esas ideas sólo puede garantizarse por medio de una telaraña de acuerdos, hábilmente tejida por los jefes, que incluye a grupos mediáticos que proveen información y entretenimiento, así como a empresas ávidas por participar del boom del comercio electrónico, a los que se agregan los proveedores de la infraestructura y la tecnología indispensables para la transmisión.
La política de acuerdos se ha complementado, en los últimos dos años, con decenas de adquisiciones de compañías ligadas a la red, la mayoría de las cuales continúa su desarrollo autónomo. Las compras que causaron más revuelo fueron las de GeoCities, uno de los sitios más populares de Internet, que ofrece a los navegantes la posibilidad de convertirse en anfitriones publicando gratuitamente sus páginas web, y de Broadcast.com, el principal proveedor de servicios de audio y video en línea, célebre por sus transmisiones en vivo del segundo viaje de John Glenn al espacio y del famoso desfile de lencería de Victoria Secret.
Para no quedarse atrás de sus rivales en la lucha por las líneas de alta velocidad y buscando ampliar su negocio hacia nuevos carriles de comunicación como la WebTV, las computadoras de mano o los teléfonos móviles, David y Jerry están desarrollando el software necesario para adaptarse al nuevo estándar WAP (Wireless Application Protocol o Protocolo para Aplicaciones Móviles), al tiempo que establecen alianzas con Online Anywhere, que ofrece servicios de Internet por televisión, y con operadoras de telefonía celular como Covad Communications, Mannesmann y Sprint, recientemente fusionada con MCI-Worldcom. Inmerso en la vorágine de la autopista informática, Yahoo no ha perdido uno de sus principios fundamentales. Es el único buscador en el que la inteligencia humana no es reemplazada por los robots lectores-clasificadores o arañas, como se los conoce en la jerga informática. Para elaborar en sus PCs las ya legendarias listas, David Filo y Jerry Yang seleccionaban cuidadosamente las páginas y las clasificaban por grupos temáticos. Y ese criterio sigue aplicándose en la inconmensurable base de datos que ahora manejan, y que incluye más de 80 millones de registros soportados por varios miles de ultramodernos servers. La tarea está a cargo de cientos de navegantes profesionales, que chequean los sitios y los organizan según un sistema de categorías lógicas, que abarca más de veinte mil temas y subtemas, creado por Srinija Srininvasan (27), un japonés que se enorgullece de ser el quinto empleado de la compañía.
El usuario encuentra con facilidad lo que busca y recibe información ordenada, en una página sencilla, desprovista de imágenes que puedan confundir al visitante y demorar el funcionamiento. El trabajo es complejo pero su resultado es la simplicidad, tal vez uno de los mayores méritos de Yahoo. |